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La mujer rota

¡Dios mío! ¡Haz que existas! Haz que haya un cielo y un infierno.


Así cierra este libro. Hablemos de él.


Me fui de vacaciones familiares a París, esa ciudad a la que insisten en llamar la ciudad del amor (aún no entiendo quién decidió semejante adjetivo tan pomposo). Mientras armaba la maleta, apareció la pregunta inevitable: ¿qué libro me va a acompañar esta vez? Para mí, los viajes necesitan un libro como uno necesita una sombra: no porque sea vital, sino porque transforma la experiencia, le da otra textura.


No tuve que pensarlo mucho. Iba a caminar por la ciudad natal de la grandiosa, maravillosa e inigualable Simone de Beauvoir. Ya con eso, la elección estaba hecha.


Filósofa, ensayista, narradora, feminista feroz. Me enamoré de ella a los 16 años, cuando mi mamá me regaló El segundo sexo, esa obra monumental que destruyó, una por una, las certezas sobre lo que significaba ser mujer en los años 40. Una diosa, si me lo preguntan.


En La mujer rota, publicada casi dos décadas después, Beauvoir despliega tres relatos crudos, casi incómodos, que se leen como heridas abiertas. Son historias que corroen, que se sienten demasiado cerca. Escritas en primera persona, una incluso como diario íntimo, exploran el fracaso, la soledad, la identidad, la libertad, los roles que nos toca cargar: madre, amante, amiga. Todo narrado con ese pulso acelerado, desesperado y caótico que hace que uno no solo lea: uno respira al ritmo de ellas.


Es un libro que, más de 50 años después, sigue arrojando preguntas interesantes:


¿Me estoy construyendo como mujer o existo solo a través de la mirada de un hombre?

¿Mi carrera y la forma en que la habito definen mi idea de éxito?

¿Dónde empieza y qué es el fracaso?


Ahí les dejo.

Chaito.

 
 
 

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